domingo, 8 de junio de 2014

Se regalan gatitos.

Fui en bus a la Isla Grande de Chiloé, un hermoso viaje de 14 horas a velocidad crucero, donde el bus me instruyó en geografía chilena parando en cada pueblo perdido en el Sur de Chile. Después de dejar Máfil – sí, paró en Máfil donde no hay ni terminal de buses – llegamos a Valdivia, y aproveché de ir al baño porque soy mina y meo mucho. Al regresar al andén había cinco buses que decían “Ancud-Castro”, uno de ellos se alejaba del terminal, y lógico que ese era el mío. Corrí dos cuadras detrás de él aleteando con mis brazos y gritando “pare, pare!”, iba tan rápido que en cualquier momento me despegaba del piso o me daba cuenta que hacía el ridículo. No pasó ninguno de los dos pero recordé que soy de la generación que utiliza la tecnología a su favor y busqué en mi teléfono el número de la empresa de buses. Me contestó una señora y le expliqué la situación con mi perita temblando. La señora, muy paciente escucha toda la triste historia y dice: “Entiendo, pero ud. tiene que llamar a Buses Cruz del Sur, porque se comunicó con Seguros Cruz del Sur”. Sí, estas cosas me suceden a mí no más. Corrí al terminal de buses y le conté todo al tipo de la boletería; después de reírse y medio enojarse, llamaron al chofer y me esperaron en la plaza Berlín. Llegué en taxi y me subí al bus roja de vergüenza, cansancio y de puteadas por dentro que querían salir y ver la luz del sol valdiviano. No quise mirar a los pasajeros, y para disimular tomé mi libro con cara de que escribiría la patente del bus y en la contratapa escribí: títulos para esta historia:
-Aletear
-Se regalan gatitos
-Mamá, tengo algo que decirte
-Cosas que suceden cuando no te gusta usar el baño del bus
Y de todos me gustó el segundo.

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